“... Brevemente, Aikido es bueno para tu cuerpo, tu mente y tu corazón... Y es divertido.”
Yoshimitsu Yamada Sensei - New York Aikikai

30 de enero de 2010

Actitud en la vida cotidiana

Actitud en la vida cotidiana


Hace ya unos cuantos años que practico AIKIDO y cuando mi Sensei me preguntó hace poco por el concepto “Nichijo No Taido” – Actitud en la vida cotidiana, no supe qué responder.

En el fondo –pensé más tarde-, después de todos estos años de práctica, sí sabía de su existencia. Sabía que después de cada técnica, cada movimiento, cada proyección, cada caída, cada control... hay algo que nos queda cuando salimos de la práctica. Unas veces salimos desanimados, otras alentados por nuestro trabajo; unas veces con prisa, otras contemplativos por los acontecimientos del día; pero lo más importante, pienso hoy, es que salimos sabiendo algo que muchas veces no nos paramos a pensar: salimos respetando a tod@s y a todo, aunque sólo sea un minuto.

El AIKIDO me ha enseñado el significado de palabras que conocía pero que no me había parado a pensar. Palabras como: respeto, tolerancia, amistad, sacrificio, corazón, lucha, voluntad, compromiso, amabilidad, compañerismo... Pienso que todas ellas están en nuestra actitud diaria, que significan “Nichijo No Taido” y que si las conduzco bien en la vida estaré en el "camino".

Existen Aikidokas tanto dentro como fuera del Dojo y no tod@s practican o conocen el AIKIDO.

Muchas gracias a tod@s est@s AIKIDOKAS que me han enseñado y a los que me están enseñando hoy en día esos principios.

Quizás sea éste uno de los trabajos más importantes a realizar.

Francisco Javier Pérez Luis
2º Dan - Aikido
franaiki@telefonica.net

Tomado de * http://comunidad.terra.es/blogs/takemusudojo/default.aspx?p=2

24 de enero de 2010

Seagal Y Su Entrenamiento En Japón

Seagal Y Su Entrenamiento En Japón

(Traducido por Pedro J. Riego)


El día antes de que muriera, el fundador del Aikido Morihei Ueshiba fue visitado por un sacerdote Shinto quien había venido a realizar una oración sanadora para el hombre llamado O-Sensei, el “Gran Maestro”. El sacerdote apenas había terminado su trabajo cuando Ueshiba se levantó y caminó hacia la puerta del dojo (salón de entrenamiento), donde comenzó la más increíble exhibición de aikido. Se enfrentó contra atacantes con armas, atacantes en solitario y hasta cinco atacantes a la vez, y los arrojó sin mucho más que ponerles una mano encima. Cuando terminó, él explicó que el aikido está basado en el amor y la armonía, su poder no deriva de mera fuerza física, sino de los dioses y de la unidad con el universo. O-Sensei entonces agradeció a todos y regreso a su cama.

Al día siguiente, él murió de un mal de los riñones. Tenía 86 años. Las historias que rodean a O-sensei son tan asombrosas como lo era su habilidad en el Aikido. De acuerdo a muchos testigos, él era capaz de realizar increíbles proezas de aiki, como él llamaba a menudo a su arte, justo hasta el día en que murió. Algunos, de hecho, creían en que los últimos años de vida del Maestro fueron sus años más grandes con el Aikido. “Su Aikido en vez de degenerarse con la edad, se hizo mejor”, dice Steven Seagal, que entrenó en los cuarteles generales de Aikido después de la muerte de Ueshiba y manejó una gran escuela en Japón. “Sus últimos dos años, en mi opinión, fueron sus mejores, sus más poderosos. Nadie podía hacer Aikido de esa forma”. Nadie, claro está, excepto Ueshiba, quien firmemente creía que su poder venía de los dioses. El nunca admitió la existencia del ki(energía interna), dice Seagal, pero él a menudo lo demostraba. “Él podía sostener una gran espada o un bo(bastón de madera) a un lado y le decía a tres o cuatro de sus más fuertes cinturones negros que lo empujaran. Ellos no podían ni moverlo. Y luego él los proyectaba para abajo-era la cosa más impresionante del mundo”.

El poder de Ueshiba trascendía al ki. Seagal lo llama kami no hikari(la luz o el poder de los cielos.) El americano cree que O-Sensei tenía alguna conexión bizarra con el divino creador. “Él tenía esta temible fuerza, como un gran campo de fuerza,” explica Seagal. “Era atemorizante y magnificente. Cuando él iba hacia el altar, era como si él era una batería siendo cargada, y tu podías sentir el poder.” Seagal plantea el vasto poder de Ueshiba con su habilidad de romper la tan llamada realidad física del aikido en un dominio espiritual en el cual las limitaciones físicas de la técnica eran excedidas por el poder del universo. Esto, dice Seagal, era el secreto del aiki de O-Sensei. Venía del intenso envolvimiento de este hombre con la secta religiosa Shinto Omotokyo y del kotodama (el estudio de las palabras sagradas y sonidos.)

Ueshiba trató de convertir a sus estudiantes a esta clave para el aikido, pero muchos creen que el simplemente estaba muy comprometido con la religión. Sin embargo Seagal, creía que había un mensaje importante en las constantes referencias religiosas del anciano. “Yo sabía que O-Sensei no usaba fuerza,” decía. “Yo sé que él tenía alguna clase de poder mágico.

Eventualmente Seagal aprendió como conectarse a ese poder, y encontró que él podía trascender las técnicas físicas. Aprendió a moverse sin movimiento. En vez de encaminarse a malas situaciones, su aguda intuición lo dirigía lejos de sitios problemáticos. Él desarrolló un sentido de conciencia espiritual. También Seagal chupó de ese poder cuando se involucraba en un problema el cual, siendo un Caucásico raro dando clases en un gran dojo Japonés, era muy común. Todo el mundo, parece, querían probar al “chico blanco.” “Después de que terminé la tan llamada batalla, me sentí como si estuviera ganando un poder tremendo,” recuerda. “Desarrollé esta teoría de que si tu peleas con la actitud correcta, y tu eres bueno y derecho, y ganas, tu ganas poder.” Seagal fue lo suficientemente afortunado para hacer visto como Ueshiba trabajaba en sus años finales. El anciano tenía una rutina de entrenamiento justo hasta el día en que murió. Se despertaba a las 5 a.m. todos los días y caminaba hasta una cascada, duchándose con agua fría a punto de congelarse. Después de vestirse, lavaba arroz, lo ponía en un tazón enfrente del altar de la escuela, y rezaba mientras que sus estudiantes se sentaban detrás de él. Entonces Ueshiba comenzaba a hacer aiki. “Cuando él estaba enfrente de ese altar, él podía transformarse en esta cosa sorprendente y poderosa.” Seagal recuerda. “Él era como un santo. Él podía salirse de allí y mover su cabeza como Stevie Wonder. Él era literalmente mágico.” La muerte de O-Sensei en 1969 trajo el amanecer mundial. El barbudo y delicado hombre había vivido 86 productivos años. Él había enseñado a cientos de estudiantes y recogió una legión de leales seguidores.

Él había hecho muchos amigos e, inevitablemente, algunos enemigos también. Seagal recuerda haberse encontrado con un hombre quien, sino estaba enamorado con Ueshiba, lo respetaba. El incidente ocurrió no mucho después de que O-Sensei murió. Seagal y un sacerdote Shinto habían ido a Osaka para tomar algo y recordar al anciano. Ellos estaban sentados en un pequeño bar cuando un obrero de construcción comenzó a fastidiar a Seagal, uno de los pocos extranjeros allí presentes. Como el borracho atentó a provocar al Americano, el sacerdote le informó al antagonista que el hombre que estaba molestando era un maestro de Aikido.

Al mencionar el nombre del arte, el trabajador de la construcción se puso pálido. Su actitud beligerante cambió repentinamente, y el levemente explicó que él había escuchado por primera vez esa palabra 10 años atrás. Él dijo que él y dos amigos estaban caminando por una estrecha calle cuando se encontraron a un anciano el cual no se quería quitar del medio.

“Quítate del camino abuelo,”

Le ordenaron, pero el hombre de aspecto frágil solo sonrió y se quedo parado en el mismo sitio. El trabajador de la construcción se acercó para empujar al anciano fuera del camino, pero súbitamente se encontró a sí mismo volando por los aires. Un poco mareado, se levantó y gritó,

“No sé con qué tropecé, abuelo, pero tú estás muerto.”

Él avanzó hacia el aun sonriente anciano, y esta vez fue arrojado contra una pared con tal velocidad que casi perdió la conciencia. Los tres hombres fueron en contra del anciano simultáneamente, pero él los arrojó a un lado como si fueran muñecos de trapo. Los jóvenes retrocedieron cuidadosamente, cuando el anciano les dijo:

“Yo soy Ueshiba, maestro de Aikido. Cuando crean que puedan ganarme, hagan el intento.”

Los jóvenes pensamientos, sus cuerpos y sus egos lastimados, dejaron pasar a Ueshiba, pero ellos lo siguieron a una distancia y lo vieron entrando a un salón de baños. (“Allí, tradicionalmente, es donde la gente es a menudo atacada,” dice Seagal. “Ellos no tienen sus espadas consigo, y están desnudos.”) Los rufianes esperaron la oportunidad correcta, entonces saltaron hacia Ueshiba quien otra vez los despacho sin esfuerzo.

Diez años después, cuando se confrontó a otro practicante de Aikido en el bar, el obrero de construcción era un hombre más sabio, y más prudente. Él miró a Seagal, mitad molesto, mitad asustado, y preguntó,

“¿Ese hombre es tu maestro?”

“Si,” respondió Seagal.

“¿Todavía está vivo?”

“No,” dijo Seagal.

El hombre puso una mirada más tranquila en su cara, sacudió su cabeza y caminó fuera del bar.

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Traducido del artículo “Steven Seagal returns in Exit Wounds” de la revista Black Belt de Mayo del 2001, por Sara Fogan y Robert W. Young.

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