“... Brevemente, Aikido es bueno para tu cuerpo, tu mente y tu corazón... Y es divertido.”
Yoshimitsu Yamada Sensei - New York Aikikai

22 de marzo de 2010

De la Personalidad en el Tatami

De la personalidad en el Tatami
Adriana Llanes A. (practicante)
08-VII-08


Tengo la convicción de que en la vida de todo aikidoka sólo existen dos momentos realmente memorables: el día que inicia su práctica marcial (su primera clase) y el día en que se retira. Todos los demás instantes son pasajeros. Cada día de práctica trae su propio afán. Hay instantes de alegría, de tristeza, algunos de grandeza y otros de frustración y rabia. La tarea de aprender es de nunca acabar. Cada cual recorre su propio camino.

Pero, como aún no me he retirado (y confieso que tengo la firme intención de practicar hasta que el uso del pañal y/o el caminador me lo impidan), sólo puedo referirme al memorable momento de mi primera clase de Aikido.

Recuerdo que ese día, paradójicamente éramos dos los novatos. El Sensei y yo. Aquel día él también se estrenaba como Sensei. Esta fundando su primer grupo. Para ese momento había dado clases en otros sitios, pero bajo el rótulo del “sensei de remplazo” o “al que le tocó dar clase” porque no vino nadie más. Poco hablamos en aquella ocasión (quienes conocen al sensei Albero Botero “Beto” saben que es de pocas palabras) pero ese día, me dijo un par cosas que me quedaron gravadas: “En el tatami uno ve quien es quien. Los defectos y las cualidades de cada uno salen a flote. En la práctica no hay combate, el combate es con uno mismo. Por eso lo más importante es entrenar, lo demás, viene después”.

Y esas palabras que por la emoción del momento, me parecieron vanas, fueron mi sentencia. Recuerdo que luego de caer y levantarme, e intentarlo una y otra vez, no me dolía el cuerpo, sino el ego. Me sentía torpe, realmente torpe (con dos pies izquierdos que no me obedecían). Cada noche abandonaba el dojo llena de ira, y al otro día regresaba para intentarlo de nuevo (ese hombre de la falda no iba a poder conmigo!). Como a los 15 días de este deplorable espectáculo, mi Sensei me dijo en tono burlón: “¿perfeccionista, Adrianita? Hay que tener paciencia con todo, incluso con uno mismo. Todo es un proceso”.

Creo que duré rabiando un par de meses. Esa fue la primera (y honesta) sensación que tuve cuando me encontré con el Aikido. No sentí la armonía que me prometían en el folleto de la academia, ni el amor puro y sincero, la paz y la tranquilidad, sentí ira. Una fuerza que como cualquier otra, en sí, no es ni buena ni mala. Es sólo una energía que puede llevarte a un resultado positivo o negativo en tu vida. Depende de tu elección. En mi caso, ese sentimiento de ira y frustración, me dio persistencia. Tomé la decisión de aguantar. De mantenerme.

Con el tiempo, y ya dominada la parte básica del popular ukemi (acepto que luego de una década de práctica sigo aprendiendo) empecé a encontrarme con otros problemillas técnicos. Mover a Uke sin halarlo, pellizcarlo, empujarlo, y sin ponerle cara de damisela en peligro (porque aceptémoslo, a las mujeres aikidokas al principio nos cuesta un poco dejar de lado los beneficios que socialmente nos conceden por el hecho de ser las “niñas”). Necesariamente me tocó echarle mano a la técnica. E intentarlo una y otra vez. No faltó el fortachón que alguna vez se puso al frente con un rostro que reflejaba una extraña mezcla entre vanidad e incredulidad respecto a lo que yo (y por supuesto él mismo) estaba haciendo.


¿Por qué no se deja mover? ¿Pero si lo estoy haciendo igualito al Sensei?. Luego de cada explicación (que el centro, el epicentro, la fuerza centrípeta y la centrífuga, el punto muerto, etc.), confieso que ponía cara de entendida para ocultar mi más perfecta ignorancia. Pero cumplía mi condena. Sólo entrenaba.


Los exámenes de kyu siempre fueron una experiencia agridulce (un poco tortuosa pero al final agradable). Eran el momento perfecto para mostrar que había trabajado fuerte, que era dedicada, que había avanzado. Pero siempre me pasaba algo inesperado. Me tocaba el uke renuente o el uke gelatina (que temblaba y se desarmaba con solo verlo), o en el peor de los casos, mis conocimientos de japonés con toque latino-tropical me jugaban malas pasadas y se me enredaba todo.


Por fortuna nunca perdí un examen. Sin embargo, siempre me sentí extraña. Sentía que podía dar más y a la vez que me faltaba mucho (inocentemente pensé que eso se me iba a pasar cuando presentara el primer Dan y la verdad, es que no se me pasó. Continúo cumpliendo mi sentencia: sigo entrenando. Esa es la manera más efectiva de aprender Aikido).


Pero, ¿Cuál es el punto? ¿Porqué Adriana hace una apología de su experiencia en el Aikido?. Porque ahora que tengo que ponerme la Hakama y ponerme frente a los “novatos” y los veo confundidos y hasta desesperados me veo a mí misma reflejada (y bueno, me siento tan novata como ellos. Cuando se intenta enseñar se aprende cantidades, y por cada pregunta que se responde, surge para quien enseña, varias preguntas más). Observo que entablan una fuerte lucha contra sus miedos, autoconceptos, y vanidades. Esa guerra también fue y es mi guerra interna (no creo que en esta vida me ilumine, así que me resigné a vivir con ella).


Yendo un poco a términos más abstractos, pienso que esas actitudes que reflejamos en el tatami no son nada diferente al reflejo de nuestra constante lucha contra el ego y el apego (apego que para algunos, es el mismo ego pero invertido).


Cuando queremos someter a uke a como dé lugar (sin importar lesionarlo), y buscamos desesperados sentirnos poderosos en el tatami, y halamos a uke porque vemos en la técnica que debemos proyectarlo o someterlo a como dé lugar, tenemos un ataque de ego. Necesitamos sentir que lo estamos haciendo bien. Se trata del YO en su máxima expresión.


Pero ¿qué pasa cuando nos muestran algo nuevo o simplemente entrenamos con alguien que nos exige un poco más?. La reacción más común es intentar hacer abstracción mental (eso no es conmigo. Oprimimos control+alt+supr). Y que decir de las correcciones (sí así me funciona, está bien hecho. Punto. No me vengan con el cuento de la respiración. Las plantas respiran todo el tiempo, y no se mueven ni una pizca!).


Ignoramos lo que nos dicen y queremos mantenernos en ese punto, en esa isla de confort en la que nos ubicamos. El apego. Yo sólo estudio y practico el estilo de “X” Sensei. Ese aikido no sirve (sólo el que yo practico es el real). ¿Qué tengo que aprender de ti, si ni siquiera te puedes tocar la punta de los pies?.


Sin querer insinuar que tengo la verdad revelada en estos temas, reconozco que estoy convencida que al caer en las trampas que el ego y el apego nos crean en el tatami (el mundo práctico del Aikido), traemos a nuestra vida una serie de obstáculos que necesariamente nos estancan en nuestro desarrollo marcial y personal. La mayoría de maestros en Aikido enseñan que para crecer como practicante es fundamental la humildad (desarrollar la capacidad de vaciarnos a nosotros mismos una y otra vez).


Pensando en la humildad y en la necesidad de tener consciencia de la lucha contra nuestro ego y apego, me atrevo a hacer una analogía con el mundo animal. Si observamos con detenimiento, advertimos que pocas especies nacen totalmente desnudas (sin pelos, plumas, escamas y demás). Como lógicamente lo infieren, la especie humana es claramente una de estas rarezas. Pero hay algo que no entiendo. Somos la única especie que desde el nacimiento, se esfuerza por enseñarle (y ponerle) a sus infantes las máscaras, vestidos y adornos, hasta que llega en un momento en el que éstos terminan olvidando que debajo de todo eso, está el mismo personaje desnudo y sencillo que vino al mundo (Que por algo habrá nacido desnudo, desvalido y, totalmente indefenso. Los místicos dicen que la “madre naturaleza” es la única sabia y perfecta, y bueno, no me atrevo debatirlos…basta con que cada uno mire a su madre y saque su propia conclusión).


Como diría el Sensei Beto, en el tatami mostramos quienes somos realmente. Los invito a investigar quienes son realmente. A observar las manifestaciones más profundas de su personalidad en el tatami. Y a tomar consciencia de que en el Aikido, como la lucha es interna, lo más importante es pulir el espíritu. La técnica es la técnica, y con práctica y disciplina a TODOS sin excepción, algún día nos saldrá bien. Sólo cuando logramos superar ese conflicto entre ego y apego, estamos en paz. Logramos la armonía anhelada. Sólo sí entrenamos sin odio y sin amores (hacia nuestros compañeros y hacia nosotros mismos) hacemos realmente Aikido.


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Agradecimiento especial a la Sensei Adriana Llanes 2° Dan, Instructora de Bogotá Aikido (http://bogotaikido.blogspot.com/) por permitirnos compartir esta información.

9 de marzo de 2010

AIKIDO Y LA MUJER

AIKIDO Y LA MUJER



En nuestra sociedad existe una desigualdad jerárquica entre los géneros femenino y masculino que se expresa en prescripciones muy fijas y estereotipadas de cómo ser mujer y cómo ser hombre, con asignaciones de valor, de jerarquía, status y poder a cada uno. Bajo este androcentrismo se define a las mujeres como sostenedoras de lo emocional, de lo doméstico, de lo irracional, pasivas, etc. En cambio los varones son vistos como los sostenedores económicos, de la familia, con capacidad para las grandes decisiones, exitosos, etc.

Todo esto se traduce culturalmente en la aceptación de una superioridad masculina e inferioridad femenina como realidad inevitable. Una de las consecuencias de este planteamiento es la creencia a “pie juntillas” de que las mujeres, biológicamente, no son aptas para disciplinas como las artes marciales o bien creen que aquellas, podrían masculinizarla (perdiendo de esta manera la categoría de “objeto estético” al que han sido elevadas).

La participación de las mujeres en el Aikido adolece del mismo problema social. ¿No encaja una mujer en un arte marcial para el cual la fuerza muscular, la rapidez de movimientos y la agilidad mental son factores primordiales? A la vez, las que deciden practicarlo, tienen que luchar contra las descalificaciones a las que son sometidas. Existe un gran rechazo social sobre aquellas prácticas que no coinciden con lo “femenino” (definido por suave y delicado), pues rompen con el modelo imperante pero con el cual todas nos identificamos sin ser totalmente conscientes del engaño al que somos sometidas.

El Aikido por definición no contiene elementos diferenciadores entre mujeres y hombres, ni en las técnicas, ni en la vestimenta; además, en la lucha, la fuerza es prácticamente irrelevante para realizar un buen ejercicio marcial. Incluso, en la cultura japonesa, con sus rígidas normas, admitía la participación de las mujeres dentro de sus dojos (eso sí, sólo podían hacerlo aquellas que pertenecían a la nobleza). En general, el propósito del Aikido es educar al cuerpo, a la mente y al espíritu, con el fin de lograr un desarrollo integral del ser humano.

Desglosando lo que este arte marcial nos ofrece tenemos que, en cuanto a la salud corporal, los beneficios de la actividad física para las mujeres son interesantes: ayuda a fijar el calcio en los huesos; disminuye los síntomas de la menopausia; en el embarazo un cuerpo flexible ayuda en la hora del parto y en la posterior recuperación; los movimientos se hacen más sutiles y coordinados, a la vez que se aumenta la potencia física; en general se embellece el cuerpo. También es cierto que pueden presentarse trastornos pero una adecuada administración de las actividades que podemos hacer lo soluciona.

Esta mejora va unida al conocimiento de nuestra propia mente: ser conscientes de lo que pasa por ella nos permite gestionar de forma inteligente nuestros afectos. Cuando alguien sólo ha vivido con violencia, con carencia de afecto, etc., es más probable que sus respuestas sean también violentas, porque es el sentimiento que más profundamente conoce.

La base del Aikido es la no-violencia, sus pautas van dirigidas a enseñarnos a vivir en armonía con uno mismo sabiendo enfrentarnos a sentimientos negativos como la ira, el miedo, la duda, la indecisión, el menosprecio, la vanidad, etc.

Como metodología se utiliza el propio ejercicio, siguiendo la premisa “una acción es un pensamiento que se manifiesta”, por ejemplo: Si observamos que un movimiento es ejecutado con rabia nos da a entender: la falta de cooperación por parte del otro/a, su desconfianza, y/o su lucha por controlarnos. En cambio si el movimiento está hecho con determinación pero suavemente, todo fluye hacia un diálogo tranquilo, donde encontrar la solución más adecuada sea el “modus operandi” de la relación entre los individuos implicados.

No se trata de camuflar nuestras emociones sino todo lo contrario, hay que expresar nuestro sentimiento a quien nos lo haya generado, pero es importante saberlo hacer de forma asertiva y respetuosa. Cuanta mayor coherencia exista entre nuestro pensar, nuestro sentir y nuestras acciones, mayor equilibrio, bienestar y libertad habrá en nuestra vida.

En lo referente a nuestro cuerpo, las mujeres hemos estado actuando contra él “cosificándolo”. Nuestra imagen, no es más que una búsqueda desesperada de lograr parecernos al ideal masculino de belleza, el cual no admite patrones disidentes.

El Aikido es una vía de unidad del cuerpo con el espíritu. Esto es, existe una comunicación entre nuestro interior (espíritu) y el mundo, que puede resultar enriquecedora si se sabe escuchar; ese diálogo se trasmite a través de la estructura corporal: Unos movimientos flexibles nos hablaran de un interior abierto a todas las posibilidades y retos que la vida nos ofrece; la resistencia al esfuerzo se traduce en paciencia y superación del sufrimiento; la agudeza en los reflejos, en la capacidad de observar todo lo que pasa a nuestro alrededor. Nos expresamos con el cuerpo, a través de él experimentamos la vida, nos movemos y sentimos por medio de él. Aquél es un instrumento al servicio del “Yo” y por ello, debe ser cuidado, mantenido, entrenado, e incluso conducido.

Si somos incapaces de amarnos, de aceptar como somos (física y mentalmente), no seremos capaces de querer y aceptar a otras personas. Si no sabemos escuchar nuestro cuerpo, ¿cómo vamos a saber lo que necesita?.

Pero es difícil escuchar cuando estamos llenas de obsesiones, ansiedades, cuando reprimimos nuestros deseos,... Al liberar las tensiones del cuerpo dejaremos de dañarlo y dañarnos, entonces tomaremos conciencia de nosotras mismas, de nuestras limitaciones y capacidades. Reconoceremos donde actuar si algo no nos agrada o merma nuestra salud. Además nos libraremos del mito de la belleza femenina, valorando nuestro cuerpo antes que querer tener el de otra persona; pudiendo ser sensuales sin que por ello estemos provocando a los hombres. Si una mujer se ve obligada a sufrir por su aspecto para sentirse valorada y respetada, para conseguir un trabajo, para integrarse en un grupo, entonces estamos confundiendo libertad y obligación.

Pocas veces, se tiene en cuenta que la práctica del Aikido puede ser un recurso para la educación, prevención, cura y defensa frente a la violencia contra las mujeres, sin embargo, son notables los beneficios que la práctica de este arte procura para la socialización y la educación, en igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres. La transmisión de valores como el respeto hacia el otro y hacia uno mismo, el autodominio, el coraje, la modestia, la calma, etc. son parte de las herramientas utilizadas para tal fin.

Hay que destacar que estas enseñanzas nos llevan ha obtener mayor confianza en nosotras mismas, lo que es fundamento para una personalidad sana. Y no hablo de una confianza en sí misma ante una agresión o asalto, lo cual es una cosa accidental, sino la confianza que se necesita en las actividades diarias, ya sea en el trabajo, estudio, hogar y relaciones sociales. Estar segura y tranquila con uno misma, es fundamental para poder decidir qué persona queremos ser y reconocer qué es lo que nos hace feliz, rompiendo con el autoengaño al cual las mujeres nos hemos venido sometiendo, dada la internalización de normas enajenantes como pueden ser: la culpabilidad, la falta de autoestima, incapacidad para identificar las emociones o bien para poder expresarlas, desconfianza ante nuestras propias capacidades, el poco respeto ante nuestro cuerpo, y así, hasta un sin fin de aspectos.

El Aikido se basa en movimientos armónicos, éstos revelan los hábitos personales, nuestra actitud ante la vida y nuestra forma de enfrentarnos a ella. Nos descubre la manera en la que pensamos, percibimos, interactuamos y respondemos a situaciones cotidianas. Ser consciente de todo ello es primer paso para transformar en positivo aquello de nosotras que nos bloquea, nos daña o nos hace ser violentas. Cabe decir que los seres humanos aprendemos a ser agresivos de la misma manera que aprendemos a inhibir la agresión.

Desde la práctica del Aikido se nos plantea nuevas maneras de encararnos con los conflictos y rompe con la idea de que sólo se puede crecer o lograr algo mediante la violencia. Evidentemente, no se trata de ser sumisas o reprimidas, sino de ser capaces de encontrar el camino más adecuado que guíe nuestras diferentes energías hacia una resolución no violenta de los desacuerdos.

Es un hecho constatado que las víctimas de la violencia de género están presas de la angustia, la impotencia, el temor y la desorientación. Ven minada la capacidad de pensar con claridad, de concentrarse o de tomar decisiones. Por consiguiente necesitan recuperar el sentido de seguridad, de esperanza y de control sobre sus vidas. El Aikido plantea una tarea curativa que consiste, en la búsqueda de la paz interior y en la recuperación de la fuerza para reconstruir un nuevo proyecto vital.

Si la violencia contra las mujeres constituye una aberración que se alimenta y sobrevive en el entramado de nuestra sociedad, su erradicación nos concierne a todos y todas.

Aunque ya en pleno siglo XXI, las barreras de género son menores que antaño, a las mujeres nos queda mucho por superar. Hemos de tener el coraje de entrar en los territorios que desde tiempos ancestrales, nos han sido vetados por el mero hecho de ser mujeres.

Reiteramos que el Aikido es una filosofía de vida, no se queda en la técnica sino que la transciende para posibilitar el progreso del individuo. La manera en como lo practicamos no es más que una metáfora de nuestra vida y nuestras experiencias. Dado que, todas las actitudes y comportamientos están dentro del abanico de posibilidades de la persona, es responsabilidad nuestra elegir aquellas formas que conduzcan hacia una mayor armonía con nosotras mismas y con el resto de la humanidad.

Para concluir recordar una frase de Morihei Ueshiba (fundador del Aikido), “conocerse uno mismo es conocer la misión asignada por el cielo. Cumplir la misión del cielo es ajustarse al orden del Universo (...)”. Porque el verdadero rumbo de la vida está determinado desde nuestro interior, tenemos que auto-conocernos, y una vez adquirido éste, hemos de auto-realizarnos. Pues la verdadera libertad está en ser lo que uno es.


Sandra Hernández León
4º Kyu – Aikido

Tomado de:

Explicación Aikido

Aikikai de Cali

Aikikai de Cali
Participantes Aikikai de Cali Seminario Nacional MAYO 2012

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